Rosa Alvarao

El viento está furioso.
Las lágrimas de mamá se escapan a través del vidrio, y vuelan. Parecen haditas flotando en la tormenta.
Los descendientes de La Gran Rosa esperan, desesperados. Escribiendo, razono que les prestaré mis alas, y así seremos muchos ángeles, elevando… Atentos hasta de su respirar, alrededor de la cama.
Hay paz aquí adentro, pero a veces uno no lo nota, por la tormenta.
Se cierra, estrepitosa, una ventana; el goteo contra el vidrio es incesante. Acompaña a mi propia marca de agua; consuelo egoísta, pero no entendido por los nuevos ángeles. En un descuido, una luz ilumina los colores de los entes biológicos más importantes, y del pasto a sus pies. Parece Sol. Quizás es luz del mismo, que consiguió iluminar la parte de arriba de las nubes, y se coló hasta aquí. “Te calienta el alma” me dice el… El ángel número 3 en la cadena de descendientes, “Angélica”, al preparar y darme un brebaje de yerba, agua sin hervir, mucho amor, pero poca azúcar. Mamá Osa, en cambio, los preparaba igual, pero con azúcar. Qué raro hablar en tiempo pasado. Malditos tiempos verbales. Quizás por eso la Biblia fue escrita sin tiempos verbales. Pasado, presente, y futuro son la misma cosa. ¿Verá así Dios las cosas? Voy a ver si puedo despertar a mamá Osa de este sueño tan fuerte.

Y finalmente, en la tarde, el cielo vuelve a ser azul. Grandes nubes blancas viajan en dirección desconocida, misteriosas. Y el sol, sobre ellas, en medio de un cielo que se despeja.
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