Rosa Alvarao

“Se incaba de rodillas
y me juraba amor eterno”
dice la sabia mujer,
lanzando un suspiro a la juventud inmemorial.
Amparada por el más elegante de los tangos,
va tejiendo su historia en telares de lluvia y oscuridad.

Sus labios ya cansados
tratan en vano de ocultar el pesar inmenso
de un añejo y dulce recuerdo;
el más enamorado de los caballeros
cabalgando a la luz de la luna,
herido por la más altanera de las damas de la mañana.

“Él lloró.
Lloró como nunca antes vi llorar a un hombre” exclama,
mientras su voz temblorosa y sus ojos humedecidos
van inventando una triste sinfonía
para el corazón arrepentido.




En la cocina de la nueva casa
de mamá Osa, mientras ella pelaba
mosqueto, y yo escuchaba atentamente la más hermosa historia de amor.
Lo que está entre comillas, son citas textuales de Rosa Alvarado.
Hablaba aquí de un hombre que la amaba en su juventud,
y de cómo, por orgullosa, lo perdió.
Cuenta que una vez él la fue a buscar a San Juan,
cuando ya estaba casada con Artemio.
Ella, avergonzada de que la vieran flaca, desarreglada y pobre,
mandó a uno de sus hijos a decir que no estaba ahí.

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