Rosa Alvarao

La mujer mira por la ventana, pero el río se ha recogido más hoy. El monte está más alto, y la huerta se está marchitando. “Debo levantarme a arreglar todo eso” se dice, y se impulsa con ambos brazos de la cama. Escucha cantar a su gallo imaginario, y por un instante despierta de su sueño sosegado; está en la casa de una de sus hijas, en Santiago, y no en San Juan. La trombosis se da cuenta. Se asoma por los ojos de ella, y retrocede espantada. Rápidamente baja las cortinas de la lucidez, y Rosa vuelve a soñar.
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