Rosa Alvarao

La noche estaba húmeda. El aliento de los caballos cortaba el negro perenne de afuera. Dentro de la modesta cantina el ambiente lo llenaba “La pobre loca”, un valsecito con aires limeños de una desgraciada que había enloquecido después de abandonar a su madre y enterarse luego de la muerte de ésta. Los hombres bebían relajadamente (muchos lo hacían más de la cuenta). El roto Alvarado venía entrando por la puerta que daba al cerro cuando vio que su compadre, Hugo Leal, iba saliendo medio tumbado y con serios problemas de equilibrio hacia donde habían dejado los caballos. Pasó entre las mesas manchadas, y tomó a su compañero por el hombro. “¡Bah…! ¡Y vo… ¿Aónde andábai…?!” preguntó el borracho a Dámaso Alvarado. “Meando. Te caíste a la chuica parece…” contestó el roto. “¡Shhh…! ¡Callaíto no más! ¡Me voy pa’ la casa a buscar a mi vieja! Hoy día voy a aporratar [1] a la Mercedes, y mejor que ese cabro e’ mierda del Domingo no se meta… Ni vos tampoco” amenazó. El viernes pasado había intentado tomar por la fuerza a su mujer, y el pequeño Domingo, al intentar defender a su madre, fue golpeado brutalmente por su padre, quien también casi asfixió a la Mercedes por negarse. Justo en ese momento el roto, que no iba muy lejos después de haber dejado a Hugo de paso, llegó muy a tiempo para impedir una desgracia.

El macabro Leal tenía exactamente el mismo plan esta noche. De inmediato el roto pensó en ayudar pero, debido a la feroz pelea que ambos amigos habían tenido la vez pasada, desistió. “Mejor que cada cual arregle a su burra” se repitió mentalmente como cada vez que recordaba que habían algunos asuntos en los que un hombre nunca debía meterse. “¡Que no sepa yo que andai amenazando a tu mujer o a tu niño…!” le advirtió antes de que el borracho saliera. “¡Voy a hacer estragos con mi familia!” le contestó Hugo en tono burlesco, con una mirada que pareció encender los temores más horrendos de Dámaso. Y cerró tras de sí la puerta.

El roto volvió a la cantina, e intentó con un buen trago de menta olvidar la amenaza de su compadre, pero le era imposible. Imaginaba al ratón Leal degollando a su hijo como tantas otras veces había repetido en sus borracheras, o asesinando a su mujer de todas las formas posibles en que se puede matar a un cristiano. Salió. Fue hasta una gran batea en la que la dueña del lugar acostumbraba manejar agua fría para espantar la curadera, y sumergió la cabeza en ella. Al sacarla, respiró hondo, y por un momento parecía que estaba ciego porque todo se veía muy, muy oscuro, como un gran lienzo donde sus visiones que ahora lo atormentaban se dibujaban y desvanecían sin cesar. Pero era sólo la noche, que estaba oscurita, oscurita.

El Roto Alvarado entró de nuevo. Pasó otra vez entre las mesas manchadas de vino y aceite, y fue en busca del Arrayán, un magnífico alazán negro que su hija Rosa montaba como nadie. Igual que él. Lo desató, se subió a su caballo, y de un estruendoso “¡Hía…!” comenzó a correr por el Cerro La Marina, evitando quebradas y cercas nada más que con su memoria y el instinto del animal.

El Roto corrió como nunca, guasqueando al Arrayán como si fuera acabo de mundo. Su mano diestra recorrió el muslo para llegar luego a la bota, equilibrándose para no caer por la alta velocidad. Tomó de entre el cuero un cuchillo con tantas historias como el suelo del Cerro La Marina, donde ahora los cascos de su caballo daban chasquidos ensordecedores. “¡Corre…! ¡Corre mierda!” gritaba, temiendo llegar tarde a la defensa del pequeño de 7 años y su madre. Pero luego de unos minutos, escuchó al caballo de Leal; por el sonido, no le llevaba mucha ventaja. Espueleó fuerte, y casi casi el Arrayán se desploma por la quebrada que da hacia la roca de la Virgen; es que la noche estaba oscurita, oscurita. La silueta del caballo de Leal era casi invisible, pero no escapaba a los ojos expertos de búho mañanero que Alvarado tenía. Galopó hasta casi darle alcance, pero justo en ese momento el ruido de un derrumbe lo sacudió; sin importar lo rápido que corriera, si aquí había un derrumbe, lo más probable era que él y su siniestro compadre serían atrapados por las piedras, y caerían por la quebrada de La Virgen hasta las rocas filosas que adornaban la orilla marina del camino que iba hacia Amargos. “Y allí acabaría la historia” pensó, en una fracción de tiempo. El ruido era constante, pero las piedras aún no le alcanzaban. Ni a él ni a Leal. Algo estaba mal. Olía a azufre. El derrumbe ya los debería… El Arrayán se levantó de golpe. El roto cayó al suelo polvoriento, escuchó relinchar lastimeramente a su caballo, y lo sintió alejarse velozmente. Algo estaba mal. El roto giró la cabeza en la dirección en la que Hugo estaba: su corazón se encogió de pavor. “El Diablo se monta en ancas de los hombres malos” sonaron en su cabeza las palabras de su madre, doña María del Rosario Sáez. Una sombra, más negra que la sombra más negra de la noche, venía rodando de la parte alta del Cerro, directo hacia el tirano. Echaba chispas como si una hoguera invisible avivada por el mismísimo Satanás hubiera aparecido de pronto. Y si se miraba con cuidado, se veían dos ojos de fuego dentro de la sombra chispeante, observando a su víctima, a Hugo leal. El roto los vio, y aún se le pone la piel blanca como papel cuando lo cuenta.

El bulto rodó a velocidad sobrehumana hasta el estrecho paso por donde iba el ratón Leal. Lo siguió por un momento; ya faltaba poco para llegar a casa de Mercedes. Pero el caballo no pudo seguir corriendo. El bulto dio un salto descomunal, de unos 6 metros, para luego caer sobre las ancas del animal, girando, emitiendo chispas y un siseo como lengua de culebrón [2]. A través de las chispas rojas y amarillas el roto vio la cara de espanto de su compadre, que gritaba y se sacudía como un loco. El caballo comenzó a ceder; parecía que la extraña aparición le estaba quebrando el espinazo. En ese momento se prendió la luz de afuera de la casa de Leal. “¿Hugo?” se escuchó clamar a su mujer en la puerta, lo que fue de inmediato reemplazado por un chillido de espanto “¡Dios mío, el Demonio, el Demonio…!”. El roto vio cuando, al encenderse la luz, el bulto negro, que no proyectaba sombra, saltó otra vez a lo alto del cerro, y rodó hacia arriba desafiando a toda razón hasta perderse a los ojos de los tres campesinos asustados.

Para cuando Dámaso llegó, Hugo Leal estaba mansito. Y la noche, oscurita oscurita…
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[1] Aporratar: Acto de montar un caballo “a pelo” (Sin riendas ni monturas), por lo general después de varios golpes y caídas.

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[2] Culebrón: Animal que algunos campesinos han visto. Nace de un huevo güero (podrido) de gallina, pero que es empollado por una culebra. Habita en los troncos huecos de árboles que están en lo más profundo y oscuro del monte. Tiene tres pelos en el lomo, y se alimenta de la leche de las vacas que manea con su cola. Hay quienes han intentado cazarlo, pero lo último que recuerdan es un silbido ensordecedor con el que el culebrón llama a ejércitos de cientos de ofidios que atacan al desafortunado cazador, mientras el legendario animal se oculta en la maraña de culebras.

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