Rosa Alvarao

Estoy sentado frente a la ventana de la vieja casa. Sobre la mesa, la antigua mesa café, amasas pan fresco y tibio. No puedo llamarte "Rosa", así que digo "Osa". Afuera llueve, y una garza emprende el vuelo…


Quiero que los demás se enteren de tu grandeza.
Quiero que todos guarden silencio cuando se pronuncia tu nombre.
Que se enteren de tu amanecer muy de mañana,
y de tu dialogar con las estrellas.
De tu rutina de mujer fuerte y serena,
cuando las primeras aves anunciaban los primeros ecos de luz
en San Juan.
Quiero que sepan de leche fresca salida de la teta de la vaca
y de entre tus manos diestras.
Y que sepan que nada era ante el sobrecogedor y silencioso amamantar de tus pechos a tus hijos.

Intento contar tus innumerables viajes sobre el cara de pato; de tus brazos cansados con rumbo a la esperanza de ver sonreír a tus hijos. Y no importaba la lluvia cayendo implacable sobre tus largos y oscuros cabellos: El monte esperaba por ti: Los eucaliptos saludaban tus pasos entre las hojas susurrantes, mientras algún viejo árbol se sentía dichoso de encender el fuego que acompañaba, muy al anochecer, tus tibios y dulces mates.
Quiero contarles de los golpes que caían sobre tu cuerpo y tu espíritu; de cómo tu mirada se tornaba roja de sangre, y de cómo un día alzaste la cabeza y tus ojos se llenaron de la furia de un temporal de San Juan, y detuviste las pesadas manos que acostumbraban ennegrecer tu mirada, y que ahora clamaban piedad.
Quiero que sepan que tus frascos incontables no solo contienen la historia que tus manos y la fruta silvestre han ido tejiendo, sino también los ingredientes necesarios para hacer dulces las lágrimas y recuerdos de niñez.

Quiero que sepan que tus huellas aun recorren el monte de San Juan : Que tus brazos y tus piernas aún no cesan la lucha por volver, y que jamás cesarán.
Quiero contar que cada atardecer el viento tibio lleva entre sus caricias invisibles tu voz, viajando entre las luces y la oscuridad, y la posa entre las hojas del monte de San Juan.
Quiero que sepan que tu voz maravillosa la pueden escuchar aquí, pero que tus palabras cobran tu fuerza viva en el sonido que emiten las hojas cuando el viento baila con ellas en el monte.
Quiero que entiendan que las raíces de Rosa no están aquí; que su tierra la llora cada anochecer, y la llama como una cría a su madre cuando hace frío.

Tu leyenda es mucho más grande de lo que yo alcanzo a recordar. Pero aún están tus labios, tus historias y momentos. Si alguien quiere conocer la leyenda de La Rosa del Eterno Invierno bajo una Noche de San Juan, aún tiene a Rosa, al invierno y a San Juan para escribir su propia historia.

No tengo más regalo que este, mamá Osa.



13 diciembre 2001.

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