Rosa Alvarao

“¡Ábreme la puerta, viejito! ¡Por favor, que tengo frío…!”. Así estuvo toda la noche, “en puro camisón”. Amaneció arrollada y temblando a los pies de la puerta, como un perro. Así fue su primera noche de bodas. Ella tenía 14 años y él, un marinero vividor y borracho, más de 30. Ella se negó a tener relaciones sexuales con él y éste, furioso, la hecho afuera. “¡Ahí te vas a quedar hasta que aprendas a complacer a tu marido!”. Mi abuela nunca había estado con un hombre. Tuvo miedo, y esa fue la causa de la reacción desmedida de mi abuelo. Era invierno en el sur.
De pronto Rosa volvió en sí. El recuerdo de aquella noche aún le erizaba la piel, y le conmovía los ojos. Se levanto, y continuó haciendo pan. En el comedor, su cuñado y cuñada comían de lo que ella les servía. Aquello de servir siempre era así: Era así con sus hijos, sus parientes, su marido… Su figura esquelética ahumada, y su moño lánguido y gris eran ya parte de la silenciosa y enhiesta cocina.
Vivían con ella todavía dos de sus hijos: Marcos y Elizabeth. Ambos trabajaban en una pesquera en Corral. Los otros habían emigrado a Santiago y al Argentina. Al escuchar la puerta del comedor, asomó la cabeza para ver si eran sus hijos que llegaban de Corral, o su marido. Era Artemio Martínez Ampuero, que llegaba borracho, como siempre. “¡Rosa, sírveme comida altiro mierda…!”Mi abuela, como siempre, dejó lo que estaba haciendo, tomó un plato, el cucharón, y sirvió la comida. En silencio. En la cocina, sólo se escuchaban las gotas de lluvia caer sobre las latas.

Mi tía Nora me cuenta que, una vez, cuando era ella niña, y ella y sus hermanos estaban en la casa, mientras mi abuelita hacía pan, mi abuelo se sacó el cinturón, se lo enrolló en el cuello a mi abuelita, y comenzó a apretar… Ella y el resto de sus hermanos le pedían a gritos que la soltar… “Todo ocurrió sin provocación alguna”. “Mi vieja seguía amasando el pan, con su carita triste y sus ojitos perdidos…” me cuenta ahora mi tía Nora, emocionada.
Mi mamá (que quiso y estuvo al lado de mi abuelo hasta el último momento) me dice que ella vio cómo, en uno de sus arranques, mi abuelo tomó a mi abuelita por su largo y gris cabello mientras ella dormía. Se lo enredó en la mano derecha, y tiró. La botó de la cama, y la arrastró por la pieza.


Continúo. Mi abuelita le llevó un suculento plato de cazuela, y pan amasado caliente. Él, como siempre, se levantó de la mesa, amenazante. El plato y el pan saltaron al suelo. De un potente golpe, hizo dar vuelta la ‘quijada’ de Rosa. El hermano de él lo miraba, complacido. Para Los Martínez, así debían ser las cosas. Su cuñada guardó silencio, y bajó la mirada. Rosa quedó tirada en el piso, cubriendo su triste rostro con su abundante cabello. Todo quedó de nuevo en silencio. Las gotas chocando en le techo de lata… Artemio se aprestaba a enrollar el cabello de Rosa en su mano, pero entonces algo ocurrió. Aquel día fue memorable para todos.
Rosa detuvo la mano de Artemio. Y también la otra. De un feroz empujón (feroz, como el viento de afuera) lo hizo caer sobre unos palitos que sujetaban el gran espejo instalado en la muralla del comedor que daba al cerro de Los Moreira. Artemio se apuró en pararse, pero Rosa lo levantó primero. En sus ojos relampagueaba un temporal de San Juan. En un segundo tomó con ambas manos a Artemio por la solapa, lo elevó unos 10 cms. del suelo, y le gritó con voz de trueno y apretando con ira los dientes: “¡Esta es la última vez que me pegai, ¿entendiste…? ¿Entendiste…?” golpeándolo una y otra vez contra la pared. Ahora Roberto Martínez era quien guardaba silencio y agachaba la mirada, y la esposa de éste sonreía tímidamente. “¡A tu abuelo se le espantó la curadera, y se hizo pichí y caca!” recuerda ahora riendo Rosa.

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