Rosa Alvarao




Muchas otras cosas sucedieron esos días tan tristes. Si alguien tiene algo que agregar, me lo hace saber. Cuando la fui a ver el sábado 22, estaba sedada, y aún así a ratos se quejaba. “Agua” dijo en un momento, y le di agua con la jeringa. “Está fresquita el agua” le dije, y ella me respondía “Sí, fresquita”. “Como el estero de San Juan, ese que está atrás de su casa” agregué. “Así mismo” me dijo ella, con los ojos cerrados. Le di los saludos de todos los que quedaban en Santiago, y que no la habían podido ir a ver. Sonrió. Como caso aparte, le dije: "Abuelita, el Boris le mandó saludos". En ese momento abrió los ojos, sonrió, y exclamó: "Me voy a traer a mi hijo". Y así fue. El Domingo 23 por la mañana el Boris la fue a ver. Ella lo observó, y le dijo: "Pobrecito mi negro". EL VELORIO.- Día 28.- La Daniela y la Paola Martínez volvieron a ver a su papá, mi tío Nivaldo, que estaba contento (dentro de lo cabe por supuesto) de ver a sus nietos. El 28 en la mañana tía Nora fue a Valdivia, a la radio Austral, y puso un aviso pagado de la defunción de mi abuela, y en él, agradecía al personal del Hospital de Corral por haber cuidado a mi abuelita, y por permitirles a ellos, sus hijos, estar las 24 horas al lado de La Rosa. El 28 Osvaldo Cartes Junior me llamó, y me preguntó si tenía cómo tomar nota de algo, posiblemente algo artístico o científico como lo que siempre conversamos. "No, no tengo. Osvaldiño, mi abuelita murió". Un silencio frío hubo en el teléfono, y con voz muy acongojada me dijo: "Marce, te llamo después", y cortó. Boris dijo que no le habían dado permiso para ir. Lo entiendo perfectamente: Era ya insoportable verla enferma. Imagínense verla muerta. Cuando tío Nivaldo llegó al velorio el viernes en la noche, todos voltearon a verlo: Traía unas flores extraordinarias, de una belleza muy superior. “Es una sola mata” me dijo la Eve, y yo no le creí. Pero así era: Era una planta que por años cultivó Magaly Ponce, amiga de mi mamá y polola actual de mi tío Nivaldo. Lilium silvestre, de color Rosa, un solo tallo, con muchas flores en él. Tía Nora sin saberlo ya había pasado fuera de una casa en la que comentaba que habían unas flores muy bellas. Esas eran, y ahora llegaban a acompañar el velorio.



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El 28 en la noche, la Carolina nos pidió a todos los nietos reunirnos en una salita, atrás de la cocina, con el propósito de que entre todos redactáramos una carta para La Rosa. Recordamos tantas cosas de ella, tantas vivencias desde los nietos más jóvenes a los más viejos. Fue una muy bonita experiencia en medio de tanto dolor. Día 29.- La Daniela Cartes se sentó afuera, en el patio de la casa de mi abuela, con su rostro hacia el río. Y lloraba. En el velorio, de día, el sábado, me preguntaron si tenía música de la que le gusta a mi abuelita en mi celular. “Por supuesto” respondí. Me dijeron que pusiera una canción, que esa había sido una de sus peticiones antes de morir. Les dije que tal vez no sería buena idea, porque al menos a mí, la música me remueve las entrañas. Pero era la voluntad de La Rosa, y busqué “La Petaquita”, y le dí play. No pude ver de quiénes se trataba porque estuve todo el tiempo abrazado a la Eve, llorando. Pero sí los oí: Muchas voces cantaban alrededor de mi abuelita La Petaquita, sollozaban, se equivocaban en la letra, pero la cantaron hasta el final. El 29, poco antes de que llegara la carroza, le pedí a Evelyn que me acompañara al monte, camino de donde mi abuelita y yo íbamos a sacar murta. Y me quedé oyendo el viento entre las hojas, los insectos y las aves, y el estero; nada había cambiado. LA MISA.- En la misa, el sacerdote dejó su postura protocolar y forzadamente solemne y mirando al auditorio comentó que era la primera vez que la iglesia estaba tan llena. "Eso nos da una idea de lo querida que es la hermana Rosario Alvarado Jimenez" dijo. "Me impresiona lo que me han dicho de esta mujer. Yo he atendido pequeñas labores en el campo, y eran tremendamente agotadoras. Pero esta mujer... Iba al monte, hacía leña, la cargaba en su bote, la iba a vender, y con ese dinero volvía con el alimento para sus hijos. Imagino las heridas en sus manos...". Fue un momento muy emocionante. Tía Marlene y tía Bella, a pesar de sus creencias, pasaron a la entrada un momento para oír de cerca. La Rocío, a punto de soltar el llanto varias veces, subió a un pequeño estrado a leer la Biblia. La "Magaly chica", mi prima, subió también a leer los Salmos, pero a poco leer hechó a llorar. Tal vez, como ella misma nos había contado la noche anterior, recordó cuando de la mano de mi abuela iban a sacar mariscos frente a la playa de San Juan. No pudo seguir leyendo, y Juan Carlos, su esposo, subió, la abrazó, y continuó la lectura. Josesito, su kinesiólogo (un gordito de barba al que mi abuelita le decía "El Marcelo", por razones obvias) lloraba como un niño. Llegó a la misa también más personal del hospital, incluso se escaparon de sus turnos y vestían su ropa de trabajo. Iban a despedirse. EL FUNERAL.- Espontáneamente, cuando íbamos en la caravana camino al cementerio, a pesar de haber un día muy caluroso y despejado, muchas personas comenzaron a caminar junto a la carroza, hasta el mismo cementerio de Amargos. En el funeral, la Cecilia Obando se despidió y agradeció públicamente a "su viejita", como le decía a mi abuelita. Muchos la miraban con cara de no conocerla. "¿Quién es ella?" me preguntó la Eve; "Es una persona a la que mi abuelita le salvó la vida con sus hierbas. Por eso algunos decían que mi abuelita era bruja" le contesté. "Una vez el papá de esta chica supo que estaba pololeando, y la golpeó salvajemente. La muchacha, desesperada, bebió un veneno para matar los parásitos de los caballos. La hermana de ella fue a buscar a mi abuelita, que fue a su huerta, y sacó varias hojas de dferentes plantas. Llegó a la casa de la Cecilia Obando, las mezcló, y se las dió. Como a los 40 mnts, ella ya estaba recuperada. Es por eso que ella agradece con tanta emoción a mi abuelita". Mi hermano César lloró mucho en el velorio, pero en el funeral lo hizo como nunca ví a niño alguno. Lloró por horas, sin consuelo. Creí que desmayaría de pena. Muy agradecido, orgulloso y honrado de que me hayan elegido justo ahí, me puse de pie y afirmé la voz. Y agradecí a todos: Al sacerdote y sus acertadas palabras acerca de mi abuelita, agregando que muchas veces, sin saber nadar, volvía a San Juan con la comida para sus hijos enfréntandose junto a su bote a olas que ni siquiera los barcos se atrevían a navegar. Los marinos le advertían, pero ella se perdía entre el viento, la lluvia y las olas. Di las gracias a los que la habían acompañado, y a los que ahora en el funeral seguían a su lado. "Empiezo así porque mi abuela me enseñó a que lo primero es ser agradecido" les dije. Y con voz de trueno agradecí a mis tíos, pero por sobre todo, a mis tías. "Yo no creo en el consuelo cuando muere un ser querido. A mi abuela sí hay que llorarla, sí hay que extrañarla y sufrir terriblemente su partida porque, señoras y señores, quien ha partido es una mujer extraordinaria". Les conté a todos cómo sus nietos se habían reunido la noche anterior en su memoria, que reímos con sus anécdotas, y vibramos con lo que nos había enseñado, y que la síntesis de todo aquello era amor, admiración, y gratitud. Les conté que hacían unos dos años mi abuelita había estado también muy mal en el hospital de Valdivia, y que entonces yo me decía que la vida era muy injusta por pagar así a una mujer intachable. "Pero ahora comprendo que no: Que la vida devolvió la justicia a esta mujer tan justa. Porque yo he visto a ancianos solitarios, inclusive las viejitas que estuvieron con mi abuelita en el hospital, en la misma sala. Mi abuela, en cambio, siempre, siempre tenía compañía de sus hijos y sus nietos. Nunca, ni siquiera un momento por la noche, estuvo sola. Mi abuela estuvo 9 años en cama, y ni siquiera tenía una escara". Y les conté de cuando era niño, y mi abuelita me llevaba a su huerta, a sembrar. Aquí tuve que respirar muy hondo para no ponerme a llorar y buscar el delantal de mi abuela para esconder la cara: "Cuando una semilla es enterrada, ni siquiera se imagina que se convertirá en algo tan grandioso como uno de estos árboles frondosos. Esta es la semilla" les dije, apuntando el ataúd, "que entrará a la tierra. Y ya se está convirtiendo en un árbol inmenso del que cada uno de ustedes, hijos, nietos y bisnietos, es una rama, una hoja, una fruta. Todos somos ramas de este árbol que crece a partir de esta semilla. Y cada vez que recordemos sus dichos, que recordemos su valentía y entereza para criar a sus hijos, cada vez que cuando algo nos moleste digamos "¡Oh, oh!" la Rosa volverá a vivir, en nosotros, para siempre. Gracias por escucharme, y escucharnos". La Roció leyó una carta que ella y la Daniela Cartes le habían escrito la noche anterior. Lo hizo con valor, y orgullosa de ser nieta de La Rosa. La llamó: "VIVENCIAS: Buenos recuerdos que vivimos en el pasado todos juntos, "La Picuntá" como nos llamabas cuando nos reuníamos todos los pequeños en los veranos. Pescas milagrosas de robalos, mareas llenas, fogatas... Tu pucho de cigarro, esas noches largas armadas de historias típicas tuyas, las de nuestra abuela. Küchenes de miga, empanadas de mariscos, plátano con vino; mano de grande que llegaba a nuestros paladares. Lotas, sus cigarrillos "life"... Ese pequeño garbo que repentinamente se escapaba al tomar decisiones. De ti recordaremos tu alegría y tu espontaneidad, y ese buen humor que te caracterizó hasta el último momento, esa diferencia que nunca hiciste entre tus nietos a los cuales enseñaste con amor. De tus manos aprendimos a tejer, aprendimos a bordar y a coser. Siempre tenías algo que dar para todos nosotros. De tus ojos aprendimos a mirar con amor, ese incondicional amor que en nadie nunca jamas volveremos a ver. Estabas ahí cuando más vulnerable nos sentimos; contigo siempre nos sentimos seguros. Dalo por muy cierto que siempre tendrás asegurado ese inmenso lugar en nuestros corazones. Que nos escuches hoy a lo mejor es imposible... Pero queremos que todos sepan que orgullosos fuimos uno más de los hijos, de tus 12 que te quieren y te aman muchisimo. VETE TRANQUILA VIEJITA LINDA. Te amamos a mil y muchos miles más". Don Juanuco pidió el permiso de la familia, sacó un papel de su bolsillo, y describió a una mujer grandiosa, y contó que todo San Juan fue testigo de sus hazañas y esfuerzos por criar a sus hijos. "La Madre de San Juan por excelencia" la llamó. Al término del funeral, La Carolina y otros primos se fumaron un cigarro sobre la tumba de La Rosa, que siempre gustó de un buen fumar. Los doce se pusieron a la salida del cementerio, uno al lado del otro, y a medida que la gente salía del cementerio los iban abrazando, uno a uno, y les expresaban sus condolencias. El Pancho, sin cobrar ni pedir nada a cambio a nadie, llevó y trajo en su auto de Corral a San Juan y viceversa a todo aquel que lo necesitó. Y lo mismo cuando viajó de Santiago a Valdivia, y también cuando regresó. Se quedó dormido al volante en la carretera por el cansancio, pero no había nada alrededor para chocar, así que sólo fueron unos sacudones y el susto. Cuando llegamos a Corral el 28, Tía Nora me contó cómo fueron los últimos minutos: “Sandra, Tato y yo estábamos con ella” me relataba entre sollozos. “De pronto mi madre comenzó a respirar más y más agitado. La pusimos de lado para que estuviese más cómoda, y fue cuando le dio el infarto: Las chicas salieron corriendo a buscar al doctor, y yo la llené de besos”. Este relato mi tía me lo contó entre innumerables e inconsolables lágrimas. “Entonces cuando expiró, es decir en su último aliento, dio vuelta su carita para mi lado y le corrió una lagrima y yo se la lamí en mi desesperacion. Ella dijo: “Papá”, y yo grité: “¡Llevátela abuelo, llevátela! ¡Por favor que ya no sufra más!”, y comencé a besarla sin parar, hasta que se fue”.

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