Rosa Alvarao

Hubo un tiempo, la mejor época de mi abuelita creo yo, en la que viajamos mucho; yo tenía unos 18 años. Y uno de esos viajes fue a Valparaíso, a ver a los parientes de mi abuelo, que a esa altura ya hacía tiempo había fallecido. El Pancho nos acompañaba. La cuestión es que nos perdimos; llegamos a un cerro que no era el que buscábamos. Una señora, que notó que estábamos perdidos, se nos acercó y amablemente nos invitó a pasar a su casa. Mi abuelita le pidió el teléfono, y llamó a los parientes de Valparaíso, pero no contestaban. Entonces mi abueli dice en voz alta, con la picardía que siempre la ha caracterizado: "Dios mío, no me contestan, y estos dos chicos (Pancho y yo) que no han comido nada...". Ante tamaña indirecta, a la señora no le quedó más remedio: "Señora" le dice a mi abuela, "¿Quieren un platito de cazuela?". "¡Pero por supuesto!" responda pronta la Rosa, y 5 minutos después, almorzábamos un suculento plato de cazuela. Terminado el amuerzo, salimos nuevamente a probar suerte a ver si hallábamos el camino donde los parientes. Y en eso estábamos, cuando de pronto un muchacho pasa por la calle. Mi abuelita nos dice: "Miren, ahí viene el Cristian a buscarnos", y nosotros, con ojo de águila, le decimos "Abuelita, ese no es el Cristian...", "¡Oh, oh!" responde enojada, "¡mire que no va a ser!", y avanza rauda hasta el desconocido. "¡Cristian, hijo, qué bueno que nos viniste a buscar, porque estamos perdidos...!" exclama la Rosario, feliz. El muchacho la mira y le dice:

- "Señora, yo no me llamo Cristian..."

- "Pero si tú eres el Cristian..."

- "No señora..."

- "¡Oh, oh! ¡Cómo no vas a ser el Cristian, si yo te conozco desde guagua!".

- "¡Señora, me está confundiendo!"

- "¡Mire que lo voy a estar confundiendo! ¡Si tú eres el Cristian...!"

Finalmente el Pancho y yo la tomamos del brazo y le explicamos que tal vez se parecía, pero no era él, y así el pobre cabro pudo seguir su camino.


Pero la aventura continuaba. Mi abuelita nos llevó a dar un paseo en lancha, y luego, a comer pescado frito fresquito de Valparaíso. A continuación compró unos pescados, los envolvió bien en papel de diario para que no largaran olor, los metió en su cartera (donde iban los tenedores, panes y servilletas del restaurante donde comimos el pescado frito; "Uno paga por esto, así que tiene que llevárselo" era su filosofía), y nos embarcamos a un "Tur bus", en ese tiempo la línea de buses más top de Chile. Pero poco antes de que el bus arrancara, un auxiliar se puso de pie en medio del pasillo, y con voz de juez preguntó: "¿Alguien lleva pescado? Porque como ya sabrán, está prohibido...". El Pancho y yo nos miramos, pero la Rosa ni se inmutó. El auxiliar, con olfato de sabueso, dio con el preciado cargamento que se ocultaba tras el cuero negro de la cartera de mi abuelita... "Señora, debe botar ese pescado, o me temo que tendrá que bajar del bus". "¿Qué pescado?" preguntó mi abueli.

- "Ese pues señora, el que lleva en la cartera y tiene pasado el bus".

- "Está bien envuelto, ¡mire que el pescado va a estar largando olor! ¡Si yo lo envolví bien con diario!"

- "Señora, deme el pescado".

- "¡El pescado es mío! Vamos chicos, vámonos en otro bus..."

Finalmente bajamos, pero no sin antes darle un ladrido al sabueso de Tur Bus "Oye" le dije, "Es ese abuelo que va sentado ahí el que está hediondo, parece que se hizo caca. No son los pescados de mi abuela..." (y era cierto, el viejito estaba hediondísimo, y el olor a caca opacaba al del pescado).

Foto de nuevacaravana.blogspot.com

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