Rosa Alvarao

Cuando comencé a ir a la Escuela de San Juan, Sisy Fisher y Cecilia y Verónica Obando, cada una de unos 7 años mayores que yo, una vez me tiraron al barro (lo que hoy se conoce como “matonaje escolar” o “bullying”). Llegué llorando y todo sucio a la casa. “¡Qué te pasó!” me preguntó de inmediato La Rosa Alvarado. Y cuando le expliqué, me dijo: “Mañana vas a tomar una vara cuando te vengas caminando, y si esas yeguas te molestan, les vas a pegar con el palo en las canillas (hueso tibia) muy fuerte”. Y al día siguiente así lo hice, claro que después de llorar de dolor, las abusivas me seguían, a alguna distancia. “Abuelita, me vienen siguiendo” le dije cuando llegué a la casa. “Quédate aquí” me dijo, y me quedé de pie al lado del manzano, como en el palco del teatro de San Juan, que tendría al camino como escenario. Cual Catalina de Los Ríos y Lisperger, La Rosario Alvarado bajó al camino a esperar a las abusivas con una fusta (varilla) en la mano. Cuando las tres llegaron, La Rosa estaba de pie, en medio del camino, cortándoles el paso. “No quiero que vuelvan a molestar a mi nieto, o se las van a ver conmigo” gritó. Sisy, altanera, le respondió: “Si usted nos hace algo, la acuso donde mi tata”. “¡A tu tata me lo paso por el poto!” gritó Rosa, en ese momento alias La Quintrala, “¡y si vuelven a molestar a mi nieto, las voy a agarrar a chicotazos!”. Sisy otra vez, dando un terrible paso en falso, respondió: “Le voy a decir a mi tata…”, pero fue lo último que alcanzó a hablar. “¡Váyanse mierdas!” gritó la Rosa, y a chicotazo limpio, como una fiera, se fue encima de las tres, y a punta de azotes las muchachas se alejaron entre gritos de dolor. Nunca más me volvieron a molestar.

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