Rosa Alvarao

Cuando niños, en uno de tantos viajes desde Santiago a Valdivia, Rocío y yo viajábamos junto a mi abuelita. El bus hizo esa típica parada alrededor de las 23:00 para pasar a buscar provisiones; en dichas oportunidades, los pasajeros aprovechan de bajar a comprar comida, o a fumar. Rosa aprovechó para ambas: “Yo bajo y vuelvo enseguida, no se muevan de aquí, quédense los dos sentaditos aquí, y ya vengo” nos dijo. Pero se tardaba. Rocío y yo estábamos inquietos, tratando de ubicarla entre el gentío, a través de la ventana. Y de pronto, el horror: El motor del bus comenzó a ronronear, como el gato de una pesadilla de niños. Y comenzó el show: Rocío y yo nos pusimos a llorar, y a gritar “¡Abuelita!”, “¡Mi abuelita no ha subido!”, “¡ABUELITAAAA!!!”. El auxiliar y el chofer del bus trataban de tranquilizarnos, pero nada, La Rosa no aparecía, y el motor del bus que roncaba y roncaba… De pronto, aparece ella, con dos completos, y nos dice, extrañada: “Chicos, ¿por qué están llorando?”. ¬_¬

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