Rosa Alvarao

Los viajes a Corral con mi abuelita son algo que recuerdo muy claramente, porque eran extraordinarios.

Todo empieza ya saliendo de la casa, en San Juan. Yo no concebía la idea de que mi abuela pudiese ir a Corral sin mí. Ella a veces trataba de marcharse sin que yo lo notara; esto a veces resultaba, porque yo estaba jugando por ahí, o porque la Toya o mi Tío Marcos eran la carnada para tenerme distraído y así mi abuelita pudiera emprender el viaje. De pronto, luego de un rato, yo miraba en todas direcciones, y La Rosa Alvarao no se veía por ninguna parte. “¡¿Y mi abuelita?!” comenzaba a preguntar. Y el llanto llegaba muy pronto, derrotado, porque comprendía que se había ido a Corral sin mí: “¡ABUELITAAA!”. Pero otras veces…

Otras veces yo la pillaba justito cuando iba por la bajada que da hacia el puente, y llega hasta el camino. “¡ABUELITA, LLÉVEME!” le suplicaba, con el escándalo correspondiente. La mayoría de las veces Rosa, resignada, se devolvía, me lavaba la cara, y partíamos juntos hacia el pueblo. Pero otras veces me decía que no podía llevarme, y entonces se desataba la tragedia. Fúrico, bajaba corriendo hacia el camino, lo cruzaba a toda marcha, para luego… ¡Metermete al río! Sí, tanta era mi rabia de que mi abuela no me llevara, que me tiraba al agua, incluso antes de que supiera nadar. Por fortuna siempre alguien me sacaba (¡qué niño tan berrinchudo!), y sin más remedio, mi abuelita me tenía que lavar, ponerme ropa limpia, y llevarme.

Pero la mayoría de las veces, yo era el acompañante oficial de La Rosa Alvarado a Corral. A veces íbamos a pie, pero otras veces, nos íbamos con Don Sergio, o con su feroz competidor, Teno Wilson. Recuerdo a Teno Wilson como un hombre cachetón, moreno; parecía un sapo. Tenía un furgón blanco igualito a este, con dos corridas de asientos para pasajeros en la parte trasera, y una parrilla arriba:



Don Sergio, en cambio, tenía un Suzuki gris, como este:

Viajar con don Sergio tenía otro sabor. Era un hombre amable, hasta con los niños, y muy bueno contando anécdotas o historias muy divertidas. La familia Martínez Alvarado siempre lo buscaba a él como prioridad para viajar de Corral a San Juan o viceversa. Y en invierno o bajo el abrazador sol del verano, ver que a lo lejos, en el camino, asomaba el furgón de Don Sergio, siempre era un alivio al largo camino de ripio.

Y otras veces, en verano, viajábamos a pie. Yo iba jugando, corriendo, tirando piedras, hablando sin parar a mi abuela… Nuestro descanso era en La Rama, en una piedra plana que da justo al pequeño puerto que Los Barrientos tienen aún en ese lugar, a corta distancia de los grandes pinos que coronan esa parte del camino. A veces teníamos fortuna, y pasaba un jeep, una camioneta, o hasta un camión, al que mi abuelita le hacía dedo, y nos llevaba; era una bendición. Otras veces no teníamos tan buena suerte, y llegábamos caminando hasta Corral. Cuando era así, mi abuelita llevaba para ella y para mí dos pares de zapatos: Uno para caminar el largo trayecto, que quedaban todos empolvados o con barro, y el 2do par, bien lustrado. A la entrada a Corral, nos quitábamos el polvoriento par de zapatos con el que habíamos hecho el largo recorrido a pie, y nos calzábamos el 2do par, impecables, listos para entrar al pueblo, donde todo estaba pavimentado.

Ya en Corral, ibamos directo al pago de La Marina Mercante. Había un establecimiento donde el pago se llevaba a cabo, en lo que actualmente es el almacen La Gaviota. Estaba pintado de celeste pálido, y se formaban largas filas que pacientemente mi abuela y yo hacíamos. Allí mi abuelita se encontraba con diferentes conocidos, y se ponían a conversar de lo lindo. Afuera, muchas personas vendían de todo lo imaginable, desde verduras hasta ropa; recuerdo muchos colores cuando pienso en eso. Una vez recibido el preciado pago, mi abuelita lo guardaba en un portadocumentos azul marino que tenía; bueno, no era un portadocumentos exactamente. Les contaré: Era una bolsa que se convertía en un monedero-billetera, un verdadero invento que se adelantaba a su tiempo. En las siguientes fotos se aprecia muy bien cómo funcionaba la bolsa multiuso, la que tenía mi abuelita era igual pero azul oscuro:

Una vez que mi abuelita se pagaba, nos íbamos de compras al almacen de la señora Rosa Peña (una viejecita que tiene un almacen a la entrada de Corral, y que una vez fallecida, su hija que se llama igual asumió su lugar); era en aquel entonces, y sigue siendo, un almacén de abarrotes, cecinas, harina… A mí me gustaban unas galletas redondas de maravilla, que venían en unas grandes bolsas, y el pan de pueblo con cecina; “Pan con tipa” (tripa), o “Pan con rico” le decía, y era lo que siempre pedía al entrar, y lo que mi abuelita siempre me compraba. Don Edulio, el esposo de doña Rosa Peña, siempre se reía de que yo no pudiera pronunciar “tripa” y dijera “Tipa”.

Otro almacenero que tenía negocio en Corral bajo, cerca del restaurant de Los Missa, y donde también nos aprovisionábamos, era El Turco Salomón. Lo recuerdo como un hombre viejo, de ojos claros y pelo y barba gris. Buckuvich, un hombre calvo de bigote con su negocio camino al fuerte, poco antes de la bajada a Corral bajo, y Julio Contreras, un hombre delgado y bizco, muy bueno para bromear (con un hermano muy parecido fisicamente a él, pero muchísimo más serio), también tenían negocio de abarrotes, y comprábamos allí. Y cosas como las ollas, coladores, o tazas, las vendían donde Lagos, un bazar que siempre me pareció enorme, camino al hospital, o donde Patricio Fuentes, un hombre delgado de ojos claros (que parece no envejecer porque sigue igual), cuya esposa, Nora, siempre me trataba muy bien y me agasajaba con juguetes o dulces, porque decía que yo era idéntico a un hijo de ella que falleció ahogado.

A excepción del Turco Salomón, todos los demás siguen con sus negocios, en el mismo rubro, la misma ubicación, y parecen no envejecer.

Una vez, de vuelta, Don René (patrón de varios de mis tíos y de mi abuela en el pelillo) y su esposa, nos invitaron a tomar once. No lo recuerdo muy bien, pero mi abuelita me cuenta que me puse muy celoso porque pensé que Don René estaba enamorado de mi abuela por darnos once…

Pero casi siempre, de vuelta, bajábamos el camino que daba a La Aguada, y poco antes de la Conservera (fábrica en la que mi Mamá y Tío Marco trabajaron por años), a la subida de una larga escalera de cemento, estaba la casa de Doña Caícha, una gran amiga de mi abuelita, y pasábamos allí a tomar once.

La señora Caícha merece ser tema aparte. Era una viejita muy dulce, vivía en una casa de dos pisos, con una vista a la caleta que cobijaba varios botes a la subida a Corral. Yo no lo recuerdo, pero mi abuelita me cuenta que yo decía que ella iba a ser mi novia cuando yo creciera. Hace unos pocos años yo caminaba hacia Corral, y la vi. Ella no me reconoció, así que me acerqué y la saludé: “Soy Marcelo, su novio, el nieto de La Rosa Alvarado” le dije. Sorprendida, me saludó cálidamente, con ese olorcito a pan amasado que tienen las viejitas del sur. “Mándele un saludo a mi abuelita” le dije, filmándola. Se sacó su sombrero, se acomodó su blanco cabello, y apreté REC. Se emocionó mientras le hablaba a la cámara. Poco después me enteré de que falleció; todo se acaba. Mi abuelita y ella se querían mucho, porque jugaban de niñas, y una vez una de ellas se cayó en un río mientras se daban vueltas de carnero, y la otra la salvó, a pesar de que ninguna de las dos sabía nadar.

Y cuando ya el retorno a casa se hacía inminente, buscábamos a don Sergio Campos, y nos marchábamos rumbo a San Juan a bordo de su nave gris… Qué felices años fueron esos, al lado de mi querida abuela.

0 comentarios: