Rosa Alvarao

Este viaje del pancho, mi abuelita y yo no sería como los demás. Íbamos a Temuco, a diferencia de todas las veces anteriores, que siempre era a Valdivia y San Juan. Durante mucho tiempo mi abuelita buscó datos, números telefónicos y direcciones con un solo propósito: Encontrar a su mamá. Y ahora que tenía una dirección, íbamos en busca de la señora Aurelia Torres.
Llegamos una fría mañana a Temuco, aún de noche. Mi abuelita nos invitó un café con un buen sandwich de queso caliente. Luego tomamos un colectivo, que nos dejó en una esquina, junto a una carretera. Nos detuvimos frente a una casa, al lado de un gran Homecenter. Llamamos, y salió una mujer un poco menor que mi abuelita, de ojos claros. Resultó ser La Licha, una hermana por parte de madre de La Rosa Alvarado. Una vez al interior de la casa, mi abuelita preguntaba por la otra de sus hermanas, no recuerdo el nombre, pero me acuerdo que decían que tenía el pelo largo y liso; Juana creo que se llama. Pero el momento más emocionante fue cuando el tío Lalo, esposo de Licha y padre de 3 hombres (de los que dos eran ciegos y el tercero estaba quedando sin vista), nos llevó hasta una habitación, donde había una viejita sentada en la cama. “Aurelia, ella es Rosa, tu hija” le dijo el tío Lalo. La viejita y mi abuelita se abrazaron, y lloraban. El Pancho y yo estábamos en silencio, y comprendíamos la importancia que para nuestra querida abuela tenía la situación: Por fin después de tanto tiempo Rosa había encontrado a su madre.
Muchos años después mientras mi abuelita estaba en cama por efecto de la trombosis, la señora Aurelia falleció. No sé de quién fue la decisión, y no sé si importe ya, pero se decidió no decirle nada a mi abuelita por su delicado estado de salud. La Rosa Alvarado se enteró varios meses después de la muerte de su madre.




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