Rosa Alvarao

Mucho se ha conversado, generalmente en voz baja, de culpas y responsabilidades que desencadenaron la 1era trombosis de La Rosa Alvarado. Pues bien, aquí les contaré exactamente cómo ocurrieron los hechos.

Como siempre, Francisco y yo acompañamos a mi abuelita al sur; claro que esta vez había un antecedente importante: Mi tía Mimi había llamado a mi abuelita a Santiago, y le había solicitado cambiar la cuenta de la luz a su nombre, al nombre de Noemí Peña, lo que había dejado con muchas dudas a La Rosa. Una vez en Valdivia, mi abuelita nos pidió al Francisco y a mí que la acompañáramos a Bienes Raíces, porque sospechaba que mi tío Juan y mi tía Mimi estaban haciendo algú algún trámite para poner los terrenos de San Juan a nombre de ellos. Y aquí es necesario hacer un alto importante: Tanto mi mamá como Tía Marlene dicen que aproximadamente un año antes de este fatídico viaje que terminó en la 1era trombosis, Tío Juan invitó a mi abuelita a una comida en su casa, en San Juan, y allí frente a otros hermanos del clan de los 12, le dijo que empezaría a hacer los trámites necesarios para que los terrenos quedaran a nombre de él, de Juan Martínez, a lo que mi abuela había respondido que estaba bien, porque así la situación de esas tierras se normalizaría. De ser así: ¿Por qué mi abuelita se había puesto tan inquieta con la llamada de mi tía Mimi? No lo sé.

Prosigo. Una vez en Valdivia, Francisco y yo acompañamos a mi abuelita a Bienes Raíces. Ahí no s informaron que para iniciar cualquier consulta era necesario buscar un documento en unos antiguos libros. Y lo encontramos. Ahora que soy un hombre, sé lo que debe haber consternado a mi querida abuela leer que sus amada abuela había sido engañada, y había cedido por papas, gallinas, y muy poco dinero, sus queridas tierras. Y aquí viene la primera responsabilidad, la primera culpa: La mía. O tal vez no culpa, pero sí un paso en falso por no haberla detenido, por no haber impedido que mi abuela entrara a ese edificio, porque esa visita a Bienes Raíces fue el comienzo de esa maldita 1era trombosis.

Un hombre amable nos facilitó una carpeta en la que constaba que Juan Martínez estaba haciendo los trámites para legalizar la situación de las 24 hectáreas en San Juan. Mi abuela salió muy afectada luego de ver esos documentos, y los tres nos fuimos en silencio rumbo a San Juan. El único alto en el viaje lo hizo mi abuelita para comprar algunas cosas, entre las que estaban cebollas, arroz, y carne de cerdo ahumada, ingredientes con los que prepararía la cena para los tres.

Ya en San Juan, en ese silencioso San Juan de esa tarde, mi abuelita colgó la malla en la que iban los víveres detrás de la puerta, y comenzó a hacer fuego. De pronto tocaron la puerta; era mi tío Juan, que venía a saludar a mi abuelita. Mi abuelita lo saludó muy seria, encendió un cigarro, y se sentó al lado de la estufa. Y de pronto, se cayó de la silla. De inmediato los tres tratamos de levantarla, pero ella decía que le había dado un mareo, que no era nada. Trató de tomar su cigarro que estaba en el suelo, pero se le caía de las manos. En ese momento un frío miedo me atravezó el pecho, y supongo que lo mismo le ocurrió al Francisco. Le pellizqué con fuerza la pierna izquierda, pero no lo sintió: A la señora Rosa Alvarado le había dado la primera trombosis.

Rápidamente decidimos que el Francisco y tío Juan se quedarían con ella, y yo iría a buscar un auto, o lo que sea, para llevarla al hospital. Llamé al Juan chico, y partimos. La noche estaba espantosamente oscura. Le sugerí a Juan ir en busca de Ronaldo (un hombre con camioneta que vivía en los terrenos de Nelsa Triviños), pero Juan me dijo que era mejor ir directo a Corral en busca de la ambulancia. Camino a Corral pasó un tractor, lento, al que le hicimos dedo, y nos llevó. Era muy lento, como cuando uno en las pesadillas trata de avanzar rápido, pero las piernas no lo acompañan. Le dije al Juan que me iba a bajar, que el tractor iba muy lento, que yo podía correr más rápido, pero el Juan me decía que la desesperación me hacía ver las cosas de ese modo, y que el tractor iba rápido.

Al llegar a La Cantera, el celular tomó señal, y marqué a Santiago. ¿Qué les iba a decir? ¿Cómo lo iba a explicar? Me contesto mi mamá, que estaba con mi tía Magaly. Ambas reían, estaban de muy buen humor. Eran aproximadamente las 23:00. “Escúchenme, les tengo que decir algo” les dije, afirmando la voz: “A mi abuela le dio una trombosis, se le paralizó el lado izquierdo del cuerpo…”. Ambas se pusieron a llorar, gritaban, me hacían preguntas… “Por favor necesitamos que vengan” les dije, porque sentía que dos muchachos, el Pancho y yo, no íbamos a poder hacer mucho, sin experiencia, sin plata, y sin esa entereza que tienen las hermanas Martínez. “Nos vamos como sea” me dijeron, pero sinceramente, siendo pasadas las 23:00, tendrían muy pocas posibilidades de conseguir pasajes.

Ya en el hospital, les expliqué lo sucedido. Y como siempre, la urgencia con la que yo veía las cosas no era la misma con la que el personal del hospital lo hacía. Con tranquilidad (apatía tal vez), un funcionario me dice: “La ambulancia está por llegar”. Un funcionario que conocía a mi abuela, que jugó con mis tíos cuando era niño, y que fue a comer varias veces a la casa de mi abuela luego de los juegos y carreras. Pero su apatía brillaba. Por fortuna, muy pronto llegó la ambulancia, y partimos rumbo a San Juan. Un viaje largo, por un camino muy oscuro.

Al llegar, mi tío Juan, el Pancho y yo la bajamos en camilla hasta la ambulancia. Y sólo el Pancho y yo nos fuimos a Corral. Ahora que lo pienso, aquí sí hay una segunda culpa. Pero ya no vale de nada amargar el corazón. El caso es que mientras íbamos en el vehículo, el Pancho le dio la mano a mi abuela, y así llegó hasta Corral, con los ojos húmedos.

Ya en el hospital, la ingresaron, y pasada una hora, salió un hombre, un doctor, no lo recuerdo muy bien, que nos dijo que mi abuela estaba bien, que sólo había sido un alza de presión, y que nos la podíamos llevar a casa. Francisco, por fortuna, se opuso, y mi abuelita siguió en el hospital. Pero no nos dejaron dormir dentro, así que nos quedamos afuera. Como siempre en el sur, llovió un poco de noche. Corral parecía una ciudad como nunca antes la vimos, fría, oscura, y húmeda. El Pancho y yo, como Bubba y Forest, tratamos de dormir espalda con espalda frente al mar para capear el frío. Luego salió un hombre que cuidaba la biblioteca, y nos hizo dormir un rato en unas sillas, muy duras por cierto. Tía Sandra, desde Santiago, llamaba cada cierto rato al Francisco para saber cómo estábamos. Luego, con un dolor de espalda terrible, nos levantamos a deambular otra vez, y encontramos un pub abierto, donde pudimos tomar un reconfortante café y devorar una pizza. Cuando lo cerraron, fuimos hasta el mirador de Corral Alto, y nos sentamos en ese banquillo de concreto, muy frío. Pero no duramos mucho sentados, y ni hablar de dormir, así que comenzamos a correr alrededor de un poste de luz para no congelarnos, hasta que abrieron el hospital. Nos dijeron que mi abuela seguía igual, pero que se le pasaría. De pronto, en el patio del hospital, aparecieron La Chabel y La Magaly, los refuerzos venidos desde Santiago, que llegaban con todo su poder. Por fin llegaban otros dos guardianes de La Rosa, mucho más poderosos que los dos primeros.

Así fue como ocurrió la primera trombosis de mi abuelita, a la que por fortuna o maldición vi en primera fila. ¿Qué si creo que es culpa de mi Tío Juan? No, no lo creo. No lo creo porque existen testigos de una reunión un año antes en la que mi tío le solicitó permiso a mi abuelita para hacer los trámites. Tal vez ella lo olvidó, o en aquella reunión dijo que sí por cumplir nada más, pero como sea, me parece que los testigos que estuvieron en esa reunión dicen la verdad. ¿Qué si me arrepiento? Sí, y mucho. Me arrepiento de haber acompañado a mi abuela hasta ese lugar, hasta Bienes Raíces. Me arrepiento de que al llegar a San Juan mi juventud e inexperiencia me jugaran en contra, y no haber hablado yo con mi tío Juan y explicarle cómo se sentía mi abuela. Este es el único viaje del que me arrepiento haberla acompañado.

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