Rosa Alvarao

La segunda trombosis la conozco de boca de mi hermano Boris. Mi abuelita había avanzado mucho en su tratamiento, porque luego de la primera trombosis, mis tías y mamá la habían llevado hasta Santiago, y la inscribieron en el Instituto de Geriatría, donde iba periódicamente a hacer ejercicios. Mis tías y mamá, a veces sin dormir nada después de sus trabajos (trabajos agotadores en los que tenían que estar de pie casi todo el día, por cierto) estaban a diario con ella, todo el día. No me canso de decir que agradezco y admiro el amor con que todas, TODAS mis tías y mi mamá cuidaron a mi abuelita hasta su último día en este nivel de conciencia. El caso es que tanto se recuperó la luchadora Rosa Alvarao, que logró volver a caminar, con el apoyo de tan sólo una muleta: Rosa se había vuelto a levantar.



Y con esos nuevos bríos, Rosa decidió volver a su querida casa, en San Juan. Pasó uno o dos años más, y La Rosa quería hacer un viaje más: Volver a su querida Liguiña, esa maravillosa isla en la que ella vivió por tanto tiempo, y de la que ella misma decía, “era un paraíso”. “Mi tío Juan tenía todo listo” me cuenta Boris, “la lancha a motor lista para hacer el viaje, nosotros arreglábamos los últimos detalles para ya bajar al puerto” continúa. Pero el destino quiso otra cosa.

A minutos de bajar y abordar la lancha, mi abuelita le dijo a la Paty: “Hija, no me siento bien, pásame una de mis pastillas para la presión. Siento que me voy a desmayar…” y cayó. La Paty lloraba. Imagino el horror que el Boris, la Paty, y todos los que ese día esataban ahí debieron sentir al verla caer, cómos e les debió apretar el corazón al saber que aquella horrible pesadilla llamada trombosis atacaba otra vez a nuestra madre querida.

Rosa volvió a hacer ejercicios, terapias, y volvió a levantarse, pero esta vez se cansaba, y la pierna le pesaba muchísimo. Todos comprendimos que este segundo ataque de esta maldita enfermedad llamada Trombosis le había dejado secuelas que la acompañarían hasta el fin. Pero las guardianas de La Rosa reaccionaron, y se organizaron a pesar de todas sus diferencias: Estaba la que la cuidó hasta el fin, Tía Magaly. Las que se encargaban de lo económico e igual iban a verla: Mi mamá y Tía Sandra. Las que viajaban; Tía Nena, y Tía Marlene, que siempre tenía tiempo si se lo pedían para hacer el largo trayecto. Las que atravezaban la montaña, la infranqueable Cordillera de Los Andes para venir a venerarla y consentirla: Tía Tato y Nora. Y todas que a su vez se encargaban de todo, que ayudaban a cuidarla, en lo económico, y en acompañarla, que juntas formaban una fuerza invencible.

Ojalá mis tíos no se pongan celosos al leer tanto acerca de mi mamá y mis tías; es que ella demostraron un amor a toda prueba con mi abuela. Por el contrario, siéntanse orgullosos de las hermanas que tienen, que heredaron el poder y la bravura de leona de La Rosa Alvarao.

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