Rosa Alvarao

Corría el año 1940. Hacía una tensa noche de luna llena. Frente al mar, en el camino a “La Agüada”, los caballos de la policía relinchaban inquietos en su corral. Sus bufidos se elevaban en la noche clara, como fantasmas bailando al ritmo de un violín invisible. “¡Shh…!” se escucha, y todos los relinches cesan. 4 siluetas apenas se distinguen del negro de los corceles y de las sombras en la caballeriza. En un largo y erizante rechinar, el pesado portón termina de abrirse; Silencio… “¡Arre…!” suena su grito, cortando la noche. Intempestivamente, 4 jinetes vuelan sobre los caballos. Se dirigen a La Ensenada, donde las sirenas cantan. Sus ojos, ocultos tras las bufandas negras, brillan como luceros de una noche de San Juan”.

“El que va a la cabeza se detiene al llegar a la cantera, y lo mismo hacen los tres que le siguen. “Rosa, ¿pasa algo?” pregunta entre susurros Vitelia. Rosa voltea, y las observa. Pega un espuelazo al caballo, y ambos se levantan, magníficos, dibujando la silueta del Roto Alvarado en la noche clara. Se baja la bufanda, y quita el sombrero; su largo y oscuro cabello aparece, volando, como las alas de un con-con: “¡A correr mierda…!”. Las cuatro jinetes rodean el acantilado, perfumando el aire con sus cabellos sueltos. Los cascos de los caballos despiertan a algunos campesinos, que se persignan al verlas pasar, repitiendo en voz baja que ni a el mismo Diablo se le había visto cabalgar así”.

“Suben la cuesta de La Rama a la velocidad del viento, y en un respiro llegan a la bajada de los pinos. “¡Hía…! ¡Hía…!” gritan, levantando polvo y ripio en su loco correr”.

“Una nube cubre la luna, y todo se vuelve tinieblas. Pero las endiabladas conocen el camino como el mar a la orilla, y asoman vertiginosamente por la entrada de los eucaliptos, donde Los Espinoza. Sorprendido, un león que persigue a una liebre por el camino queda estático, y tiembla al ver cómo cuatro bestias negras lo saltan, y vuelan sobre su cabeza”.

“Han llegado a San Juan, tierra de La Rosa. Ella baja por la pasada de Los Fischer hacia la vega, salta el portón, y llega a la playa. Un poco más arriba sus 3 acompañantes, Aurelia, Vitelia y Elena, sacan chispas con los cascos de sus caballos en el camino de piedra”.

“El paso de Las Endiabladas alborota a los cisnes, que emprenden el vuelo a ras del agua, acompañando majestuosamente el reflejo de Rosa y su caballo, que corta la sombra de los cerros en el río”.

“Se despeja, y la luna ilumina otra vez. Dos cruzan galopando por el puente, y dos saltan de un lado a otro el estero de Las Posas. Sin detenerse, se dividen a la subida del coigüe, donde Los Oyarzo, y se lanzan al agua. Se levanta vapor del lomo de los caballos sudorosos”.

“Ya en la otra orilla, salen y toman impulso para luego saltar más rápidas que un relámpago el cerco de alambre de púas de Los Moreira. Entran al bosque de las brujas, y se desfragmentan en diminutos pedazos de luz de luna. Recorren a velocidad que da vértigo raíces y cortezas, y en un grito feroz vuelven a reagruparse al salir del monte. Bajan a toda velocidad el camino de greda, y llegan a la playa de Los Morros; su objetivo. Se detienen, como un temporal que acampa un tenso momento el viento y la lluvia. Observan; se ven montones de llamas a la orilla de la playa. Pero ninguna la que buscan. “Hay redes tendidas por los pescadores en todas partes” dice Elena. “Las saltamos. ¡Arre!” grita Rosa, y como cuatro truenos las endiabladas vuelven a ser de viento, y corren. Los pescadores se hacen a un lado al verlas, jurando por la virgen que era cierta la leyenda”.

“Cuando ya han superado unas cinco redes, aparece frente a ellas, a corta distancia, una enorme, de unos dos metros de altura tendida de lado a lado en la playa; estaban ya muy cerca e iban muy rápido para bordearla. “¡No podremos saltarla!” grita Elena. “¡Corre no más…!” grita Aurelia. Rosa no se detiene. Su corazón late como un temporal de San Juan, y chicotea fuerte su caballo... Un grito, “¡Arree…!” hace eco en las olas y en los cerros más altos, y la cabecilla se eleva junto a su alazán más allá de lo que la razón comprende. Y Salta. Vitelia lo logra, aunque con dificultad. Aurelia vuela por sobre la red. Elena tiembla… Pero no acobarda: “¡Salta mierda…!”. El caballo obedece al instante; pasa rozando una de sus patas con una estaca, y de un trastabillado brinco logra llegar al otro lado. Todas gritan de alegría y siguen su veloz andar”.

“Corren sobre las piedras grandes de la orilla, y una casi se resbala. Saltan los botes que ‘El Chueco Vidal’ tiene varados en la playa, y avanzan decididas. Un poco más allá asoma La Ensenada, y una llama que arde con el viento en unos de sus cerros. Rosa levanta su mirada, también de fuego: “¡Miren, allá…! ¡El entierro…!””.



 Con-Con: El pájaro en el que se convierten los brujos, de aspecto similar a una enorme lechuza blanca.

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