Rosa Alvarao

Mi abuelita tenía muchos parientes. Tantos, que a veces veía a alguien en la calle, y mirándonos con sus ojos pícaros al Pancho y/o a mí, sus eternos acompañantes, nos decía: “Para mí que ese joven/hombre/mujer/muchacha es pariente mío”. (Bueno, no siempre le achuntaba, como ocurrió esa vez con el Cristian, en Valparaíso http://larosaalvarao.blogspot.com/2011/01/viaje-valparaiso.html). Lo más divertido es que a pesar de nuestra incredulidad, casi siempre acertaba. Una vez, por ejemplo, estábamos en el terminal de Valdivia, buscando pasajes para irnos a Santiago, y quedó mirando fijo a un señor como de la edad de ella, de ojos claros y pelo blanco. “Chicos” nos dijo, con esa iluminación que le viene cuando descubre algo, “creo que ese viejo de ahí es mi pariente, y si es así, le voy a pedir que nos haga un descuentito”. Naturalmente, el Pancho y yo tratamos de convencerla de que no tratara de averiguarlo. Pero ella, porfiada como era, partió a la ventanilla. Nosotros la observábamos a la distancia… De pronto nos hace un gesto: “Chicos, vengan” nos grita. Así que partimos, con algo de vergüenza. Pero para nuestra sorpresa, el hombre efectivamente resultó ser un primo de mi abuelo, uno de Los Martínez, y sí nos hizo el descuento.

Otra vez, estábamos en el terminal de Valdivia, ella y yo, y de pronto me dijo: “Esa señorita de allí nos mira mucho. Parece que la conozco…”. La Rosario observaba a la desconocida, y le sonreía. La morena y delgada mujer le sonreía de vuelta. “Me está mirando también, ¿viste? Yo creo que me conoce”. ¡Y se levantó a hablar con ella! Y otra vez, al lado de la desconocida, me llamó para que me acerque. “¿Marcelo?” me dijo la señora, para mi sorpresa. “¿No me recuerdas? Soy Magaly Ponce, soy una amiga de tu mamá, de cuando tú eras niño: Me fui a Puerto Montt hace muchos años, y perdimos contacto. Vengo de cuando en cuando a Valdivia, y te miré porque me pareció reconocerte…”. Otra vez la brújula interna de La Rosa había acertado.

Y otra de las veces que ahora recuerdo, fue cuando íbamos en una lancha, rumbo a Valdivia. Mi Abuelita se quiso sentar afuera, en esas banquitas que hay en la popa de las embarcaciones que van de Corral a Valdivia. Faltaba poco para anochecer. Frente a nosotros iban 3 mujeres, de unos 30 años en promedio. Mi abuelita las observaba… “Se parecen a unas primas mías…” me dice, y a mí ya se me venía la imagen de la Rosa acercándose a preguntar si conocían a tal o cual persona, e imaginaba la cara de extrañeza con la que dichas mujeres le dirían que no sabían de lo que les hablaba… Pero veloz como un rayo, en un parpadeo, la Rosa ya estaba conversando con esas pasajeras de la lancha. “Oiga, ¿y usted de quién es hija?” preguntaba. ¡Y de nuevo acertó! Efectivamente eran unas sobrinas lejanas. Conversaron acerca de sus primas, hasta que la lancha llegó a Niebla.

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