Rosa Alvarao


Mi abuelita siempre contaba que había dos viejitos campesinos, cosa que se les notaba mucho al hablar, y que habían mandado a estudiar a su único hijo a la capital. Cuando el joven se tituló de Abogado, fue el viejito quien recibió la carta con el importante anuncio. Feliz, éste fue donde su esposa, carta en mano, y con los ojos desbordando en lágrimas por la emoción, le dice a su esposa: “¡Mujer! ¡Nuestro hijo es aogao en Santiago!”. La pobre viejita, al ver a su esposo llorando y oír semejante noticia, rompe desesperada en llanto y grita: “¡No Dios mío, qué mares tan grandes habrá en Santiago para que mi hijo se haya ahoga’o!”.  

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