Rosa Alvarao

Hace poco, Osvaldo Cartes Jr. me recordó una divertida situación que pasamos con mi abuela:  Una vez, llegamos a San Juan casi de noche. Veníamos desde Santiago mi abuelita, el osvaldo, el pancho y yo. Mi abuelita pasó a comprar en Valdivia unos pescados para hacerlos fritos, y así tomar una deliciosa once. Al llegar a su casa, ella se fue directo a la cocina a prepararlos, mientras nosotros ordenábamos un poco los bolsos, en la medida que el hambre lo permitiera. Estábamos impacientes por saborear el delicioso pescado valdiviano. Y de pronto, el milagro: "Chicos, ya está listo". Igual como cuando los cachorros corren a su amo cuando les sirven la comida, corrimos a la mesa, impacientes. Todo estaba dispuesto: El té humeante en las tazas, el azúcar, el pan de pueblo en la panera, una aromática ensalada de tomates, y una gran presa de pescado frito para cada uno. Y comenzamos a engullir la comida. Muy pronto los 3 nos miramos; sabíamos que algo no estaba bien, aunque seguíamos comiendo por reflejo. Nadie quería decir nada. Pero la situación ya era evidente: "Tiene azúcar" dijo uno. "Sí, pensé que era idea mía" exclamó el otro: En vez de sal, nuestro anhelado pescado había sido aderezado con azúcar. Pero no queríamos hacer sentir mal a nuestra abuela, la cocinera, así que optamos por echarle harrrrrta sal encima, y tal era el hambre, que igual no más lo comimos. Mi abuelita al final igual se enteró cuando se sentó a comer, y optó por seguir nuestro modus operandi: Llenó de sal su pescado, e igual se lo comió. 

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