Rosa Alvarao

Les voy a hablar de uno de los trabajos de La Rosa Alvarado. Entre sus labores estaban tejer, cortar leña, pescar... Y también Pelillar. Les cuento de qué se trata:

En los días soleados en el sur, partía a bordo de su bote hacia el mar. En ciertos puntos de éste (que de algún modo ella sabía distinguir entre las olas) lanzaba al agua una Araña, que es una especie de rastrillo metálico de un metro de ancho aprox, sujeto por uno de sus extremos a una cuerda que iba hasta el bote. La tarea era arrastrar dicha herramienta por el fondo marino; para ello, luego de arrojarla al agua remaba con fuerza ante la resistencia que el arrastre generaba. Luego la subía a pulso, y gracias a su paso por el fondo traía enredado entre sus dientes el pelillo, una delgada alga que aún hoy se ocupa para diversos usos cosméticos y medicinales. Sacaba el pelillo de la araña, lo acomodaba en el bote, y repetía la tarea de arrastre hasta que llenaba su ligera embarcación de la preciada alga. Luego iba hasta la playa y tendía pacientemente el pelillo en la arena formando una fina capa, y volvía a sus otros quehaceres. Al día siguiente regresaba a la playa: El pelillo estaba seco, y se veía muy diferente a la sedosa alga del día anterior; ahora tenía el aspecto de muchas y delgadas ramitas negras sin hojas. Gracias a esta nueva condición y a la estratégica forma en que lo había tendido el día anterior, la gran extensión de pelillo se iba enrollando tal como si de una gigantesta y quebradiza hoja de papel oscuro y liviano se tratara, hasta formar un gran rollo de alga seca.  A continuación esos rollos los echaba en sacos, bien apretados, y los subía al bote. Tomaba rumbo hacia el otro lado de la bahía en medio del viento y las olas, remando a puro ñeque y con la compañía de algún cigarro. Al otro lado de la bahía, compradores de pelillo pesaban los sacos y entregaban la preciada paga. Con esa plata cruzaba nuevamente la bahía hasta Corral, el pueblo más cercano a su casa, y compraba un quintal (saco) de harina y otros víveres que acomodaba en unas bolsas de malla que habían antes. En los brazos se colgaba las mallas, se echaba el quintal de harina al hombro,  y caminaba hasta su bote, donde acomodaba la carga, y remaba de vuelta a su casa, al atardecer.


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